sábado, enero 28

.-bastará

La vida está empezando, no estás acá para presenciarlo, desapareciste como pájaro con 3 alas (la de repuesto). Y claro que nadie sospechó que teníamos garras y dientes para superar esta escalinata de canciones agrias, así como el corazón. El café no tiene buen color: y claro, cómo iba a ser, si el sol ya no calienta, sino que al revés, quema y no deja tallos en pie (diente de dragón y el muerto en su ataúd). Paciencia de no poder tenernos en mesas distantes, eso como detalle y la mala espina cruzada, después de un sushi que repetiría cien veces, de lo salado y dulce que llega a ser entre nosotros.
Ciudad desarmada, algo así como esculturas y fotos, entre pétalos de pastos verdes, del verano que empezó, pero no para todos y termina antes de que termine mi helado y la canción que solíamos recordar de pocos tiempos, lejanos y pisados, nunca olvidados y extrañados en los momentos de afinación y sonrisas.
Y a veces quedamos sin respirar, sin palabra que articular, sin ideas y el cariño se pierde entre los dedos de los momentos desperdiciados -conosinquerer-; y así, el cuento sigue sin el final que las gentes esperan. Bueno que, eso es dicotómico a ratos, se sale de las estadísticas y nuevamente se pierden oportunidades: cosas que suceden muy repetidas veces, no tienen explicación y muchas culpas dentro del alma; así como las cosquillas en el corazón del de-reojo.
Nervios con faradización negativa. Algún día, podrías llamarla.

martes, enero 3

veintitrés.

Tener una agenda es como un libro de anotaciones, esos, del colegio. O como café caliente en verano: nadie sabe por dónde quema, pero es seguro que lo hace. En la realidad, el verano será corto. Seguro podría haber disfrute de helados, pero las circunstancias hacen que la gente se aleje, llegue, se vaya y regrese nuevamente. Y ahora que el odio repentino afloró por el chocolate y es una causa fisiológica -¡¿qué haré?!-, he decidido ver las noticias. No hay cosas claras, aunque la clara de huevo me ayuda a ser menos viscosa. Eso es rodar en el pasto, trotar en el parque, estirar los huesos y triturar dientes, algo así como la foto de fin de año: salir mal, con el ojo entre-abierto y sin embargo, amar ese último recuerdo.
O como el fastidio eterno de llamar a las gentes por teléfono y sentir escalofríos de mirarlas a la cara sin saber qué decir. Pescar la bici e ir a verte (lo hago?).
Y si no llegas y espero por horas, o si realmente lo haces y fuiste tú quien esperó o incluso, si nadie esperó y nos pillamos de casualidad: aún así no nos miramos; la tregua terminó y el amor se cae por la frente, rueda por los poros y suena el tun-tun electrocardiográfico de tenernos cerca y solo poder mirar. La onda Té desborda en ansiedad.
He sentido deseos de abrazar a mi madre. Y llamarte.