martes, enero 3

veintitrés.

Tener una agenda es como un libro de anotaciones, esos, del colegio. O como café caliente en verano: nadie sabe por dónde quema, pero es seguro que lo hace. En la realidad, el verano será corto. Seguro podría haber disfrute de helados, pero las circunstancias hacen que la gente se aleje, llegue, se vaya y regrese nuevamente. Y ahora que el odio repentino afloró por el chocolate y es una causa fisiológica -¡¿qué haré?!-, he decidido ver las noticias. No hay cosas claras, aunque la clara de huevo me ayuda a ser menos viscosa. Eso es rodar en el pasto, trotar en el parque, estirar los huesos y triturar dientes, algo así como la foto de fin de año: salir mal, con el ojo entre-abierto y sin embargo, amar ese último recuerdo.
O como el fastidio eterno de llamar a las gentes por teléfono y sentir escalofríos de mirarlas a la cara sin saber qué decir. Pescar la bici e ir a verte (lo hago?).
Y si no llegas y espero por horas, o si realmente lo haces y fuiste tú quien esperó o incluso, si nadie esperó y nos pillamos de casualidad: aún así no nos miramos; la tregua terminó y el amor se cae por la frente, rueda por los poros y suena el tun-tun electrocardiográfico de tenernos cerca y solo poder mirar. La onda Té desborda en ansiedad.
He sentido deseos de abrazar a mi madre. Y llamarte.

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