Hace un tiempo, divisé desde lejos a una dama equilibrándose en la cuneta; yo pensaba que quería ser payaso, sin embargo, la hisoria cuenta que vendía sopaipillas con manjar ¿Se imaginan eso? Yo solo como pan con queso, las sopaipillas y el manjar están prohibidos en este mundo ¡y ella lo sabe! Es decir, infringía la ley sin pudor.
El descaro llegó a más, cuando un perro cortó una flor y se la entregó a un malabarista, que conocía justo en ese momento a una anciana que hacía masajes de orejas.."guau!", pensé. Estaba realmente en el mundo al revés! Justamente está prohibido instalar un negocio de orejas y hacer malabares!
Paralelamente, se encontraba un junco pensando qué haría para poder descansar..pobre, si hasta cuando cae está de pie y él solo quiere recostar un poco los sentimientos en su tierra de hojas.

Me compadecí de todos ellos, pues yo sí cumplía la ley al pie de la letra en ese momento. Incluso, había dejado de cortarme las uñas por varios meses con el fin de que si algún día un policía me pedía mis papeles, pudiese rascarle la cabeza calva por él no tener uñas con qué hacerlo. De todas maneras, eso no pasó jamás, así es que decidí usar pantalones a diario y el casco de moto de mi abuela (ella si que sabe andar en patineta), pues ya me había pasado que los marcianos habían abducido mis pensamientos y yo no tenía intención alguna en andar regalando los dulces de anís que había estado guardando por años detrás de mi cola de caballo.
Después me di cuenta de que no hacía falta gritar, para que el repartidor de pizzas me trajera una caja de bombones con licor de naranja, esos que fascinan a mi gato.
Dí gracias a la vida por tener tantos momentos para olvidar y a
la perra histérica de mi vecino que me hacía soñar.
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