Tres puntos y un nudo. Como antaño, en las calabazas sin ojos ni sonrisa de lo que hay que anhelar por quien cabalga en la cima del cerro pequeño de la ciudad, donde poca gente se atreve a romperse los ojos por una flor pero que sí lo hacen por un pez que vuela y es menos atractivo que un moscardón en la sopa.
Son puntos amarillos, que entre tanto resplandor si es que acaso alguien los nota; mas bien, se diría que quien más los ignora es quien más lo desea, porque es así de desconcertante y contradictorio el actuar de todos los insectos de esta región. Será que hay que lamerle la bota al jefe para que no resulte todo tan embarazoso y hacer perro muerto, con tal de no levantar sospechas..Muriendo de ganas de gritar el augurio de años al cometa fugaz, se nos fue la voz y los parlantes; hasta el camino es dificultoso y el traje principesco áspero y con polillas que carcomen los sesos de cuanta materia gris se atraviese en ese sendero escurridizo y sin memorias.
Y luego cruzó la calle, al frente, donde no hay cejas sino parálisis de muros rotos y derrumbados ante tanto egoísmo y malas frases, y al percatarse del infierno, quiso volver atrás y ya no era posible, porque el río se secó y no corre ya más agua entre los tapices de sombreros, de donde el mago impostor sacó un conejo que yacía muerto de la pena de no poder asimilar lo que más amaba: su naranja zahanoria, de los cuentos disléxicos de los que frecuentan nuestros sueños últimamente.
Está temblando acá: se ven las letras en todos lados, dispersas sin saber qué decir.
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