sábado, enero 15

Castañas

Me imaginaba que comer dulces todo el día sería facilísimo, una labor fascinante y deliciosa, sin embargo empezó a dolerme la cabeza: rayos! cáspitas! ¡no visualicé que me hostigaría! Y eso que no he probado los sofisticados fettë completamente míos en caja de oro con detalles de algodón de dulce.
Ahora que es verano y el calor me llega hasta la vesícula biliar, intento probar de otros sabores de helado: y la verdad es que me gustan algunas veces, otras los rechazo porque no sé realmente si están hechos para mí o para quien parpadea rápido por ellos. El punto y coma de todo el asunto podrido está en las pulseras de cueritos que me regalaron (o que intentaron darme en señal de amistad (?)) y que miro en las noches en el cajón de mi velador, con esa luz irritante de la lámpara ahorra-energía.
No es que haya que ser muy inteligente como para darse cuenta que el revueltijo de alimentos ricos en azúcar y carbohidratos está haciendo estragos en quien mira por casualidad, como planeado pero espontáneo, en ojos de esperanza en los que no puedes reflejarte ni imaginarte con perros grandes y peludos.
Son castañas de febrero, que jamás se darán.

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