Como decía, se percibe un aroma distinto, las sombras se dibujan extraño por las tardes y ya no tienes la luz de ocho de la tarde; no, sino que incluso se hace necesario encender el lamparín de vela, que suelo ocupar en las tardes más frías, para mirarte el rostro. Estamos tibios, pero medio vacíos, es decir, necesitamos (tú más que yo) un chaleco de hilo para soportar la brisa que comienza a intensificarse con el correr de las horas. Luego de tantos minutos, por fin pudiste apagar el rubor y entonces, el discurso comenzó a fluir. Me parecía que en cualquier momento estallaría algo en tu boca, porque las palabras no paraban jamás: era casi un vómito. Sin embargo, de pronto te detuviste y fue cuando percibí que nada era tuyo, todo lo habías copiado de alguna prosa prefabricada, porque era imposible que fuese un monólogo que terminara sin un toque nerviosismo, como cuando ya no sabes qué más decir; en cambio, tú supiste acabar sin vacilación y cual presidente, los ojos se te llenaron de confusión y la boca se puso tiesa, como si los músculos hubiesen sufrido una contractura generalizada la cual impedía hacer una mueca de simpatía y mas bien, impulsaba a ser una comisura arisca, de novela cebollenta, con tintes de lágrimas en pañuelo de abuelo de campo. Pasaron otros segundos –lo supe porque el reloj tenía cara de pesado, el día se estaba corriendo al este- y fue cuando tus facciones volvieron, dejando ver que sabías, al igual que yo, que las mentiras no podían ocultarse más. Tal vez pudimos pasarlas por alto y seguir como si el río siguiera llevando la misma agua, pero el corazón es sensato a veces y escucha a la razón, abandonándose a su merced, cual Julieta a su Romeo y entonces el complemento se hace perfecto y la decisión está tomada: “terminó esta partida, usted perdió ¿qué desea hacer? No guardar”.Pero lo que no sabíamos es que, aunque no guardáramos, se contaría igual entre las estadísticas como derrota.Eso parece frustrante, ¿no?
no entendi nada
ResponderEliminarpero en fin
saludos