Tienes ganas de mirarle todo el día, pero no se soportan ni medio segundo sin discutir por la cantidad de moras que tiene ese manzano. Claro, es que son imposible e insoportablemente impacientes, no quieren esperar por aquello que ya probaron, ya sea juntos y no revueltos o separados y mezclados hasta el punto de matarse con tres no palabras y tres y medio no miradas. Repetirías que lo quieres si acaso eso fuese suficiente como para quel agrio se vuelva dulce y las perlas en tu cuello por fin luzcan como joyas y no como se ven hoy, como estorbo en tu camino, como lo que parecías ser cada dos y medio segundos de respiración jadeante y entrecortada. Y cómo no va a doler que los pendientes ya no te calcen: cómo se va a poder soportar esa sensación de caer, sin el más mínimo indicio de quel socorro de una lágrima sobre este papel vaya a dignarse a aparecer frente a tus lentes, empañados de tantas letras sin rumbo, sin destinatario y con ganas de gritar las tantas cosas que mereces por estos cuartos pintados de negro.
Y es hora de parar de sufrir.

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