Yo me pensaba que no sería tan difícil esta estación. O por lo menos, un trozo menos de lo que fue el año pasado. Pero a las 4 de la mañana, la vida resulta diferente. Si siempre me imagino en un sigma. A diario pienso en cuánta gente se ha atrevido a aquello y también pienso en Ramón Sampedro. A veces quisiera estar en su vida y pensar con él, crear con él, llorar con él, fumar con él y morir con él. Y al estar al borde del andén, y pensar lo cerca que está la muerte de cada uno de nosotros, me doy cuenta de lo estúpida que me veo imaginando en-mimismada cosas que no fueron y que no serán jamás. Uno siempre quiere estar calmo, sin embargo cuando la paz llega, hay un bichito raro que impide morir tranquilo y obliga a divagar nuevamente por esta tierra llena de baratas (de esas baratas que te cuestan caro mirarlas).
Además, cada momento es como una obligación. Incluso si quiero llorar y gritar que odio estos boletos, tengo que pedir permiso y llamar al Jefe (que para mi nada vale, o por lo menos, no vale más que un vagabundo), sonorizando un A1 para poder ir al termo y ahogarme en el water.Supongo que no hay que pensar tanto. Menos cuando me llama un número que me da una ilusión, vana y ridícula, de algo que nunca en mi vida fue real.
Ya no hay nada que esperar.
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