domingo, agosto 1

des-pertenezco

Estoy tratando de imaginar las cosas que no pasaron, pero pudieron comerse si hubiese querido. A ratitos de persianas, miro a mi perro y no sé qué decirle, porque tiene cara de perro con pena. Como yo, como ves a la gente de las veredas. Pisé un puente y miré bien lejos, hasta Portugal en tiempos antiguos; y habían luces de noche, de noche cálida y mareada, con azúcar que redundaba, donde incluso al pensarlo, me da vuelta la consciencia. Y la gente se ríe, no sé de qué, si no hay motivos, porque la micro no pasa y me quedaré plantada, como roble en pasto seco, en el paradero de los cientocincuenta años.
Se subraya la palabra, como si con eso la voy a cambiar. No. No la cambio, porque yo ya no cambié, porque me da lo mismo que el teléfono no suene, porque ya pasó ese tiempo, porque no necesito concertar sonidos para estar bien con alguien. Además, aquéllo nunca mejoró algo: ahora hay un bebé de por medio y el metro ya no es opción para lanzarse, porque está muy bajo y nadie quiere casarse ahí.
-y esto no es irónico, tampoco es caricatura, porque también, esas cosas ya cambiaron-
Mira mis dedos, mis uñas, mi pelo, mis ojos, mis cejas, mis pies, de mala persona, de ganas de verte hoy, de asfixiarte, de rasguñarte; y ahora no sé escribir, se me perdió el lenguaje, lo perdí en una viaje al centro de la nada, donde caen muchos seres extraños.
Me perdí en cuadernos y ya no sé lo que es pegarse un costalazo ( si incluso anoche pude haber llorado )

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