A veces se pone el sol en mi ventana y me llama a mirarte en un dibujo ordinario que cualquiera pudo haber hecho. Hay larvas asomándose y justo en este momento todo el mundo tiene algo que decir, como si con eso lograran aplacar lo inexorable. Como una persona femenina ingenua y débil, que grita para no llorar y espera callada que nuevamente llames como hace poco, aunque por poco nadie lo nota.
Y el pelo es como las mandarinas: engañoso. Porque claro, fácil sería ignorar y seguir feliz, pero eso es complejo, más de lo que las pelusas en el chaleco quisieran. Hace falta otro terremoto, así nos deseamos buenas cosas nuevamente y nos abrazamos de manera genuina y sin telarañas maliciosas. Y quizás en qué remota nube estés ahora con una canción para cada puerto. Bueno, que en realidad esa verdad no existe ya y mejor nos quedamos mirando al helicóptero ruidoso de tres de la tarde.
Y justo que no es injusto ni parcial este tópico falso, en Si Bemol, que no tengo ni remota idea de qué significa aunque suena a Hola y jamás a adiós.
Será que hay hojas que no secan, que son tiernas y jóvenes siempre, que dan luz y alegría a quien poco aprecia la vejez del frío y es por eso que tanto la idolatran y le mandan ramos de huesos largos, llenos de hueso esponjoso para soportar cargas y hacer así más agradable la estancia en el lúgubre lugar de las moscas pisapiedrasconcaca.
Y me gusta guardar ahora.

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