miércoles, marzo 30

Mocos

Tendría que comprarme un violín. El punto es que me falta el dinero y ni quiera he podido dibujar esa cara de rapidez caminante de las 8 de la tarde, cuando todo movimiento va en pos de guardarse, como si el mundo fuese a volar por el espacio en cualquier segundo y nadie posee aún su nave estratosférica con la que arrancarse hacia el estrellato de este cielo que no pintan. Y la raíz del asunto es que tampoco se dedican a mirar hacia las nubes, porque la gente se agacha y camina pateando piedras, tratando de imponer rabia, tal cual canción rebelde y no se dan cuenta de lo que se pierden, de las manzanas tan apetitosas que están aguardando en la cima de su árbol favorito, de su cantante favorito y de su prosa favorita (incluso el compás más lindo entre todos los que están buscando entre papeles que olvidan a todas las horas).
Realmente no es conocida la verdadera intención de corazón que tenemos, sino que el actuar determina el desliz que día a día maquinamos en cada riñón, con sus nefrones y sentimientos necesitados de filtrar cada tres segundos.

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