Invierno. Pasan cosas en esta estación. Hace frío y todos necesitamos algún abrigo.Amarillo, verde, azul o plomo; no importa el color, sino que lo más relevante es llevar algo puesto al pensar en el clima y andar horas, largas y rociadas de gotas de lluvia en el camino de vagabundos. Porque en eso nos convertimos al hacer de nuestros pensamientos la cárcel más inhóspita existente.
Por otro lado, también aparece el chocolate -aunque es oportuno a todas las horas y climas del año-, el cual brinda un momento de felicidad y dulzor a la tranquilidad de estar meditabundo horas y horas al intentar darle un orden al caos de esta vida en espiral que no(s) gusta llevar.
A veces, a ratos -solo unos segundos, inclusive-, parecen volar elefantes rosados y llover gotas de dulce de leche. Empero, cuán poco dura aquello: solemos querer más de lo legalmente permitido. Esto cae en ese momento amargo y poco elegante de romper lazos, donde comer sopaipillas resultaría menos pesado para el colon y el pecho apretado, de dolor por todos los flancos y el ataque por todos los frentes (hasta esos que no existen).
Comer helado es, de hecho, menos frío que este invierno.
Supongamos -y tengamos fe- de algunos dichos de la mente colectiva: después de la tormenta, sale el sol.
(y aunque eso suponga sofocarse en el desierto de las calles sin parkas).
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