Un día cualquiera, se me ocurrió que podíamos cantar sin parar. Era un día bueno, de lluvia y helados con chispas. Tenía un corazón que latía y movilizaba glucosa de un órgano a otro: era indispensable que lo hiciera, pues el riesgo de caer en hipoglicemia era alto dado el gran gasto energético que ocurría en el sistema inmune, respiratorio, músculo-esquelético, cardiovascular, renal, nervioso, -qué manera de estar en shock éste último: todo era insoportablemente agradable- linfático..la extrañeza de que incluso el óseo estaba en metabolismo mortal. Y el cancionero comenzó a bailarnos, nos hacía gracias y movía sus letras al compás del melodrama compuesto por la situación tan particular que vivíamos en tres horas de movimiento de libélulas con mariposas azules.
Pero ocurrió algo no previsto: no era día de cantar, sino de callar. Y el paso de las horas tristes fue tan lento y doloroso, que más que tres horas, la agonía perduró por años, a partir de este momento y hasta el día que la tumba esté lista para recibir el cuerpo en metabolismo creciente.
No saber algunas cosas elementales puede pasar la cuenta.
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