sábado, octubre 1

ñ

.-entre paréntesis, la comida estaba pésima. Las horas eran como lana roja. O como sangre; incluso, goteaban. Incluyendo los tapones y el pito en el oído, el agua chorreaba por el pabellón (igualito a palabras necias de antaño, que en el ensimismamiento y cariño-amor-sonaban sinceras y de larga vida de duración) y sería hojas secas en la mitad de un libro viejo. 
Si voláramos, anhelaríamos caminar y el helado de vainilla del perro del vecino. Luego, cien patadas y confort de varios días guardado en la cartera. Comino y canela, así como leche en primavera y a baño María-o Antonieta, como la abuela de ese-. Flores en otoño, como nieve en agosto y la mala costumbre de mirar al infinito cuando abrazan sin cariño y miran como traduciendo paper. La hipocresía de incluirte en tus amigos y ser menos que una mosca reventada en tarde naranja de verano. Un lápiz sin punta y el cuchillo a tornasol.
Comiendo mote y el huesillo -¡qué asco!- sobre la mesa, mantel de nylon, cuchara de madera y el río que no trae piedras ni guarenes. Pulgas que hablan, molido de maní, mal vuelto y sin boleta (¿a quién le importan los impuestos?).
Y no hay cabida, no más, al curso del aceite.

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