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Tonta la mermelada, se chorrea y mancha el vestido de la tíabuela, aunque yo no diría que lo hace de mala repostería. No es muy amable, pero en vista de los tiempos rápidos que lento andan para con el cuchillo traidor resulta medio razonable que quiera escaparse. Luego se encuentra con el molde que la lleva a encajarse en un modelo predeterminado y muere de ansiedad por no poder hablarte: porque no le escucharás con el interés que un chocolate blanco desea y espera de los caballeros de antaño, con una humita en el cuello, tan empaquetado como un regalo directo de Europa, del persa y de la cocina. Y si hay bufandas cafés,sería lindo, porque te recuerda a septiembres delgados en que comíamos torta y cantábamos fuerte, con el pulmón en espiración completa, casi a volumen residual.
Ya no hay que llorar más ni lamentarse: las cosas se fueron y no supimos aprovecharlas; es el precio de perderse en la cisura de Silvio.
¿Qué puede ser peor? En este momento, que se corte la leche y nada más.
No toquemos más la guitarra y volvamos a ser fomes, así nos va mejor y no deseamos mal a gente inocente, que lo único que busca es su chocolate al punto de caramelo, perfecto para todos.
La vida se va rápido y podríamos lanzarla al río de esencia de alimento fortificado, que miro cada ciertos días, sobre el cual vuelan palomas sin rencores, dispuestas a volar más lejos cada vez, con plumas de esperanzas que no marchitan.
Esto será lento, tal vez, pero si se puede romper una roca, se puede dejar de comer chocolate.
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