Y entonces, volvió. Tenía los ojos lagrimosos: quizás qué había estado conversando con ella. Me saludó de mala gana, yo no era santo de su devoción. Luego de eso, miró a Rábano, sin hablarle, mientras aparentaba prestar atención en lo que decía afectuoso Indianápolis. En eso, noté palabras escurridizas y hubo un silencio incómodo que nos dejó a todos pasmados, pensando en qué decir para re-llenar espacios de letras. Tenía que improvisar, así que lancé una palabra humorística que hizo reír a todos, menos a ella; realmente tenía pocas ganas de agradarle: el asunto me estaba colmando la paciencia, pues suelo tener muchos años por estos días.
Bien, salí a mirar a Juanete, que es quien sonríe a pesar de las muchas patrañas y cruzamos unas cuantas canciones de mirar al espejo. Oh, me había olvidado de ella.
Y sin embargo, bisquié un movimiento de malas pulgas, color hormiga, baños de barro, pulseras de jamón, lengua de palta, ojos de envidia. Entre tanto, ideaba yo una forma de salir de allí, desapercibida, como araña de rincón (y creo que me faltó más veneno) con el fin último de terminar empujando un auto que nos hizo reír un momento.
De momentos claros.
O cloro, como sea.



























